LA NOVIA DE BARRANQUILLA.

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RESEñAS LITERARIAS.

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JOSE MARIA VARGAS VILA.

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PANFLETARIO Y LIBERTARIO.

EL GRAN ESCRITOR WILLIAN FAULKNER.

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EL AUTOR DE LAS PALMERAS SALVAJES.

DESNUDO.

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AUTOR BRYCE CAMERON LISTON.

LOS DETECTIVES SALVAJES.

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JOSE LUIS DIAZ GRANADOS.

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UN GRAN POETA.

EL POETA ...OCTAVIO PAZ,

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RESEñADO EN EL DICCIONARIO LATINOAMERICANO DE POETAS.

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LIBROS Y LETRAS.

REVISTA MOLINO DE LETRAS NUMERO NUEVE,

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PRIMER FOLIO DEL CANTAR DEL MIO CID.

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LA LEYENDA DEL GILGAMESTH.

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MUJER EN EL JARDIN.

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AU MOULIN DE LA GALLETTE.

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PARLAMENTO NACIONAL DE ESCRITORES DE COLOMBIA

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VICENTE VAN GOGH

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MI AMIGO EL CUENTO TOMO II

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PUBLICACION DE MIS TRABAJOS LITERARIOS.

PORTADA DE LA REVISTA TALLER LUNA Y SOL.

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PLAYAS DE CHORONI.

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LOS FUSILAMIENTOS DEL 3 DE MAYO.

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LA DIVINA COMEDIA. NARRATIVA.

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PORTADA DE CIEN AñOS DE SOLEDAD.

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POEMAS PUBLICADOS EN POETAS DEL MUNDO.

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CESAR MOLINA CONSUEGRA.

MI AMIGO EL CUENTO.

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REVISTA MOLINO DE LETRAS.

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nelson,mi esposa Carla,Cesar y Emilse.

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MAS ALLA DE LA MUERTE.

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HOMENAJE A UN GRAN ESCRITOR.

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UNA APROXIMACION A LA OBRA LITERARIA DE LA POETISA MEYRA DEL MAR

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AUTOR, CESAR MOLINA CONSUEGRA.

MEYRA DEL MAR.

MEYRA DEL MAR.
Una aproximacion a la obra literaria de la poetisa meyra del mar..Un homenaje a su memoria!!

Una aproximacion a la obra literaria de la poetisa Meyra del Mar

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El autor..CESAR MOLINA CONSUEGRA.

LA CORONELA MANUELA SAENZS

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LIBERTADORA DEL LIBERTADOR.

HASTA SIEMPRE LUIS VITALE!!

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TE QUEDARAS CON NOSOTROS!!

HOMENAJE A MIGUEL HERNANDEZ EN ALICANTE.

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POETAS DEL MUNDO EN EL ACTO.

ROBERTO FERNANDEZ RETAMAR.

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UNA VIDA EN CASA DE LAS AMERICAS.

TURNER EN EL MUSEO DEL PRADO DE MADRID.

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UN CALIDOSCOPIO PARA APRECIAR SU ESTILO.

AQUILES

AQUILES
LA INUTIL SED DE VIOLENCIA.

lunes, 13 de septiembre de 2010

DOS CORAZONES...cuando el presente muerde...

DOS CORAZONES
Cuando el presente muerde

lo mejor es refugiarse en el pasado.

Benkos Biojó



¡Oh, Vladimir Ilich!

Mudanzas de piel

en el mundo otra vez

(rediviva la crisis).



Mas persiste Isis

─gemela de Chía

por casta y porfía

(insiste en el Nilo).



Y a la luz de Osiris

reparan los caminos.



El viento estepario

─mañana de Ulianov─

cambió del globo el iris.

Y en la ría lejana

suena el estupor.



Por igual resuena

el vibrar lapidario

del rojo gonfalón.

Y en el aire trema

una canción

por quienes lo portaron.



Tu pregunta

por los gonfaloneros,

ardorosa,

se escucha.

.



¡Oh, artífice!

¡Oh, héroe!

¡Oh, egregio

y cimero!



¡Truena tu voz agradecida…!

Con el pueblo tu voz es un presente.

Firmemente atendida,

voz de siempre.

Inquiere por los que al frente

del cambio se pusieron.

¡Ah de la pregunta el contenido entero!

Son tus soldados.

Sus corazones obreros

son fieles hasta el fin.

Por vida consagrados

a guardar tu memoria

y tu gloria

de soberbio paladín:

Su pasión es la historia

y su honra un fusil.



Tómame también como tu abanderado.

El gran tañido alimenta mi canción.

Deja que me complazca en el pasado.

Deja que el soberbio grito yo recuerde.

No hay por lo demás asomo de temor

en nuestras mientes

y las gotas de sudor

abandonaron del proletariado

la ancha frente.



Nada está consumado.

El optimismo de un nuevo mañana

ha vuelto a lucir sus blancos dientes.

Su sonrisa brinda al mundo una ventana.



¡Padre de todos los soviets

del mundo!

¡Furioso destructor

del trasto viejo!

¡Hacedor obsesivo

del orbe nuevo!

¡Oh jefe irreductible

del gran estado obrero!

¡Pável Vlasov

y Pável Korchagüin

están aquí conmigo!



Después de tu muerte aciaga,

tu entierro fastuoso

y el largo encierro

en el sepulcro enorme

─que guardaba la memoria

y perpetuaba el nombre─,

insomnes por años,

allí cerca ─en tu costado─

vigilaron tu cuerpo

de rey embalsamado.



Está viva la escritura.

Resplandece; brilla

en el cuarto

tu retrato.

Y la estatua con el gesto perenne

sigue indemne.

Alta, mayestática, colosal.

¡Oh, Lenin, nos anonada tu gesto sin par!



Y también nos asombra la basa

sin tasa de la ínclita masa.



¡Ah espléndida esperanza

de la masa que jamás descansa!

Provistas de las solas manos

y armadas de aguileñas alas

en tu patria chica alzaron

las heroicas masas la estatua;

con la ayuda de esos dos.

¡Recuerda cómo trabajaron

Korchagüin y Vlasov!



Son tus soldados.

Sus corazones obreros

anidan un solo pensamiento:

Del líder cimero

servir el ideario.

No los arredra nada: ni siquiera el fiasco

del magno segundo ensayo.

En su diario

campean enhiestos

los vocablos más claros.

Por lo revolucionario,

el ánimo contento

y en el lado preclaro.



Han llegado hasta aquí

como las aves migratorias

que hienden las ondas

para poder vivir.

¡Ay, tristes avecillas!

Navegáis exangües

al sostén de las plumas.

En Rusia ya no hay sangre

obrera en la Duma

y envueltos en la bruma

han callado los vates.

Tras la eclosión enorme

arriba con las horas,

a ciegas, sin un norte

ahora voláis solas.

Y soy yo el calor

que en el fragoroso vuelo

buscáis afanosas.

Y soy yo el sustento

que pondrá fin

al fatigoso ardor

de los días largos sin alimento.



Sin patria y sin honor.

Ah, de los días aleves

derrotada Ulianov.

Fueron días de vigilia…

(La fiel patria chica

conservará

por siempre

en la efigie pétrea

el gesto perenne).



Fueron días de vigilia

y mucha andadura.

Contra el deshonor

─días de tristura─,

sembraron rojos

claveles.

Y bermejos,

veraniegos

gladiolos

de suave

textura.

Símbolos silentes,

vegetales cromos

(rojo anti progromo)

recordáis a octubre.

¡El mes de las rosas,

cimbra y reverdece!

Aunque temerosas,

encienden las masas

el fuego de Urala.

Siempre silenciosas

siembran y resiembran.

Y día y noche en las casas,

en la calma clava

los hilos remueven.



Y vosotros, tontos,

de floja mirada.

¡La tierra se mueve!

¡Al sol dáis la espalda!

Miran vuestros ojos,

torcidos, intonsos,

¿acaso de lado?

La ignorancia crasa

a nadie conmueve.

Para el necio,

la quemante brasa.

“El infierno,

el averno…”

Incrédulos, vanos,

recordadlo, profanos.



En tanto, los crótalos

rechinan por otros.

Suenan por vosotros,

pequeños tesoros.

Gladiolos inconsútiles,

claveles pudorosos:

del mundo la ubre

─ubre espiritual,

de anchuroso dial.

Sóis símbolos sublimes

del cambio en la urdimbre

(preparad la mimbre).

Lo digo, lo auguro,

apostad los duros,

nervioso y sensible

anuncia que adviene.



¡Pagano togado,

si se mueve el mundo!

¡A todo lo ancho

y a lo profundo!



Un aire a cachaza

(aires en la toca)

luces, cabezota.

Repleto de lasa

y ayuno de traza,

sosera es tu cumbo.



Sin ton y sin rumbo

no metas la baza.

Calla la bocaza

y deja que grite

toda mi porfía.

¡Malditos, bellacos

los que traicionaron

al proletariado!



Y torne esta noche

libre la alegría.

Al son de la elegía

rómpanse los odres.

¡Escanciemos el vino

con vital ardentía!

Libres ya del podre,

!otra vez

proletarios uníos!

¡Obreros,

de nuevo reuníos!



Juntos recordemos

nuestros viejos trinos.

Unidos cantemos

por los vientos idos.

Tornan ateridos.



Aunque leves,

premonitorios.

Aunque tenues,

promisorios.

¡Abrigad presurosos

el nido!



En sitios y sedios

donde las estatuas

fueron derribadas,

ya no puede,

ya no hiede

el desamor…

Se mece una flor.



¡Ah, las estatuas estrujadas!

¡Ah, las plazas desahuciadas!

¡Ah el gran desconsuelo!

¡Aquel volcánico estruendo

y aquellas temibles ondas

pusieron en huida al viento!



Con vuestra ayuda,

en la fiel patria chica

─Ulianov querida─

el bronce perdura.

Si el árbol resiste

en la senda será guía.

¡Loor a los caídos,

siempre, siempre!



Un rato más quedáos conmigo:

Mientras beso vuestras manos

y las estrecho entre las mías.

Apretad mis manos con cariño.



Las manos unidas

calientan la semilla.



La semilla es cosecha

y la palabra queda.



Días enteros,

noches enteras

y un solo diálogo

revolucionario.



.Cuál más amable:

uno y otro Pável.

¡Como en lanzadera

las ideas

brotaron!



Lenin es el camino

y vosotros sus niños.

Vuestra ínclita enseñanza

─de millones única esperanza─

será sembrada:

Aquí, allá y acullá.

Y seré yo quien lo haga,

hasta que el

músculo aguante.



Miles serán después

los que el poema leerán.



¡Héroes: las voces repetirán!

“No importen

esos años

─no importan cincuenta años o más.

Fue un escaño,

uno solo el desplomado.”



Y frente a la fuerza

del poema:

¡Rezonguen del bajo mundo todos los diablos!

¡Monopolistas, os retamos!

¡Colonialistas tiemblen por la consigna nueva!



Resembrar,

regar

la semilla…



Vive el segundo ensayo:

Despuntó al mundo un día.

Adiós, adiós amigos.

Adiós, adiós amigos.

Ya se marcha el bajel

que inició nuestro amaño.

Uno, dos, tras apaños

y al final un laurel.



Adiós, adiós amigos.

Adiós, camaradas, compañeros.

Es la hora de alzar de nuevo el vuelo.

¡Rusia otra vez! Grande el destino

con María Yakolevna

y la heroica, la sin igual Pelageia.

Dos corazones, como los vuestros

maravillados y estupendos.

Dos madres solícitas: a la espera.



Ellas pondrán

bálsamo en las viejas heridas,

ellas recompondrán

los descompuestos sueños,

ellas surcirán

las ropas ya raídas,

ellas repondrán

las fuerzas y el empeño,

ellas juzgarán

plausible lo deseado,

ellas cortejarán

a los deseables aliados,

ellas limpiarán

de rastrojos el camino,

ellas ayudarán

a descubrir traidores,

ellas mostrarán

donde sanar lo fallido,

ellas encontrarán

un rato con lo bello,

ellas sonreirán

al paso de las flores,

ellas guiarán

a los hijos en su ensueño,

ellas satisfarán

el hambre a los amigos,

ellas regarán

los nacientes rosales,

ellas darán

voces de ánimo a los niños,

ellas dispondrán

los aplazados esponsales,

ellas besarán

la frente al neo nacido,

ellas adivinarán

lo que falta en el libro,

ellas aconsejarán

la nueva hora del ataque,

ellas estarán

atentas al rescate.

ellas llevarán

calor a los heridos,

ellas volverán

a morir por la clase,

ellas amarán

por siempre al socialismo.



Adiós, adiós amigos.

A tiro está el despuntar de la mañana.

(¡Y por qué no otra vez decirlo!

El mañana.)

Adiós compañeros, camaradas.



Orlando Cáliz

REVISTA TALLER LUNA Y SOL,NUMERO 32.EROTISMO.

Revista taller Luna y Sol 32, Eros en la Costa, 44 páginas cargadas de erotismo y mucho sabor. Poetas y poetisas invitados: Jorge Marel,, Miguel iriarte , , Guillermo Tedio,César Molina, Carmen Tigra, Raquel Martínez, Elizabeth Quezada, Dennis Talavera Rosario Alonso, Lidia Corcione, Juan Carlos Céspedes, Dina Luz Pardo olaya, Astrid Sofía Pedraza, Ana Julia Cepeda Cepeda, Isidra de la Vega, Patry Pacheco, Ubaldina Diaz, Tito mejía Sarmiento, Mayra Alejandra, Dalit Escorcia, Juan Carlos Steffens, Oscar Barrios, Alexander Mejía, Fulton Púa, Carmen García, Yajaira Pinilla, Rosa Herrera, Celso Montoya y Julieth Lobo Navarro. Lista completa. con 4 invitados internacionales

lunes, 6 de septiembre de 2010

SOBRE LAS 7 DE LA NOCHE.

Sobre el filo de las 7 de la noche,aparecio esa bola de fuego,con una larga cola,iluminando de repente el cielo estrellado,y la poblacion presa de panico o terror,comenzo a gritar,a llorar,a arrodillarse,y a correr desesperada hacia la playa...la luz,era tan fuerte, que no se reflejaba,ninguna sombra!!al parecer el mundo en esta ocasion iva a acabarse en fisica candela!! entonces una fila interminable de desesperadas victimas entraban al mar...

domingo, 5 de septiembre de 2010

CORRIENDO SOBRE EL MAR..

Alguien llego a la playa, diciendole que su hija menor se ahogaba en el mar,y salto veloz, y comenzo a correr sobre las olas del mar,al fondo los brazos de la nena se agitaban,y escuchaba sus ultimos gritos....llego al punto, y la cargo sobre su espalda,y emprendio el retorno hacia la playa de nuevo corriendo.... a 10 metros de la playa, su mujer le dice..y como lo consegiste? y el responde..querer es poder!! no lo habia pensado,en que no se puede correr sobre el mar!! y depronto se hundieron todos para siempre!!

martes, 31 de agosto de 2010

DISCURSO DE ACEPTACION DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA POR JOSE SARAMAGO.

En 1998 Jose Saramago ganó el premio Nobel de literatura, convirtiéndose en el primer escritor de lengua portuguesa en ganar este premio.
Este es el discurso que dio al serle otorgado su premio, en símbolo de aceptación del mismo.

Discurso de aceptación del premio nobel de literatura 1998 por Jose de Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.
Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.
Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.
Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.
Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.
Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.
Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.
Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?".
Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza".
Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.
Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.
Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir.
La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día.
Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?".
Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido.
Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central.
También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos.
En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.
Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía.
De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces.
Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.
Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime.
Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de "Alzado del suelo" y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos.
No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.
¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de "Os Lusíadas", que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos.
Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de "Sobolos rios". Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada "Que farei con este livro?" ("¿Qué haré con este libro?"), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: "¿Qué haréis con este libro?".
Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.
Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. El se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra.
Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Sontres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío.
Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del "Memorial del convento", un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.
De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre.
Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde "El año de la muerte de Ricardo Reis" comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista - "Atena" era el título - en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis.
No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".
"El año de la muerte de Ricardo Reis" terminaba con unas palabras elancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro.
Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí - "La balsa de piedra" - separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes.
Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de "La balsa de piedra" - dos mujeres, tres hombres y un perro - viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta. Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en "La balsa de piedra" hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría "História do Cerco de Lisboa", en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas".
Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura.
La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otramanera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era.
Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas.
Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí.
Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.
Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir "El Evangelio según Jesucristo". Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del "Nuevo Testamento" a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones.
Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia.
Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo.
"El Evangelio" del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en es última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró.
Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".
Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló "In Nomine Dei". Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar.
Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían.
La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos.El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se sentó a escribir el "Ensayo sobre la ceguera" para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante.
Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama "Todos los nombres". No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.
Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo.

domingo, 29 de agosto de 2010

PAREJA ENAMORADA.

PAREJA ENAMORADA.
.de Cesar Molina, el El Domingo, 29 de agosto de 2010 a las 10:12. Han estado como pareja enamorada,dando vueltas en el carrito turistico,por la pradera del parque zoologico Africano,entonces ven una manada de leones boca arriba,tomando el tibio sol,ella le dice a su marido que hay que bajar para tomar una buenas fotos,y le explica ,que cuando estan asi tirados y relajados en la hierba, estan dormidos,y hay que darles un suave puntapies,para tomarles la foto magistral..entonces patea en el cuello a el macho dominante,y este le abre el vientre de un zarpazo,sus ojos vagan imprecisos,y de soslayo ve que otro felino estrangula a su marido,con una firme mordida en el cuello..a lo lejos se escucha a el resto de la manada,que busca el rastro del olor de sangre!!

sábado, 28 de agosto de 2010

CANTO I DE LA DIVINA COMEDIA.EL INFIERNO DE DANTE ALIGHIERI

CANTO I.EL INFIERNO. DE DANTE ALIGHIERI

.de Cesar Molina, el El Sábado, 28 de agosto de 2010 a las 9:46.CANTO I


En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura, 3 porque la recta vía era perdida.

¡Ay, que decir lo que era es cosa dura esta selva salvaje, áspera y fuerte, 6 cuyo recuerdo renueva la pavura! Tanto es amarga, que poco lo es más la muerte: pero por tratar del bien que allí encontré, 9 diré de las otras cosas que allí he visto.

No sé bien redecir como allí entré; tan somnoliento estaba en aquel punto, 12 cuando el veraz camino abandoné.

Pero así como llegué junto al pie de un monte, allá donde aquel valle cesaba, 15 que de pavor me había acongojado el corazón, miré en alto, y vi sus espaldas vestidas ya de rayos del planeta, 18 que a todos lleva por toda senda recta.

Entonces se aquietó un poco el espanto, que en el hueco de mi corazón había durado 21 la noche entera, que pasé con tanto afán.

Y como aquel que con angustiado resuello salido fuera del piélago a la orilla 24 se vuelve al agua peligrosa y la mira; así mi alma, que aún huía, volvióse atrás a remirar el cruce, 27 que jamás dejó a nadie con vida.

Una vez reposado el fatigado cuerpo, retomé el camino por la desierta playa, 30 tal que el pie firme era siempre el más bajo; y al comenzar la cuesta, apareció una muy ágil y veloz pantera, 33 que de manchada piel se cubría.

Y no se apartaba de ante mi rostro; y así tanto me impedía el paso, 36 que me volví muchas veces para volverme.

Era la hora del principiar de la mañana, y el Sol allá arriba subía con aquellas estrellas 39 que junto a él estaban, cuando el amor divino movió por vez primera aquellas cosas bellas; bien que un buen presagio me auguraban 42 de aquella fiera la abigarrada piel, la ocasión del momento, y la dulce estación: pero no tanto, que de pavor no me llenara 45 la vista de un león que apareció. Venir en contra mía parecía erguida la cabeza y con rabiosa hambruna, 48 que hasta el aire como aterrado estaba: y una loba que por su flacura cargada estaba de todas las hambres, 51 y ya de mucha gente entristecido había la vida.

Tanta fue la congoja que me infundió el espanto que de sus ojos salía, 54 que perdí la esperanza de la altura. Y como aquel que goza en atesorar, y llegado el tiempo en que perder le toca, 57 su pensamiento entero llora y se contrista; así obró en mi la bestia sin paz, que, viniéndome de frente, poco a poco, 60 me repelía a donde calla el Sol.

Mientras retrocedía yo a lugar bajo, ante mis ojos se ofreció 63 quien por el largo silencio parecía mudo. Cuando a éste vi en el gran desierto Ten piedad de mí, le grité, 66 quienquiera seas, sombra u hombre cierto.

Respondióme: No hombre, hombre ya fui, y lombardos fueron mis padres, 69 y ambos por patria Mantuanos. Nací sub Julio, aunque algo tarde, y viví en Roma bajo el buen Augusto, 72 en tiempos de los dioses falsos y embusteros.

Poeta fui, y canté a aquel justo hijo de Anquises, que vino de Troya, 75 después del incendio de la soberbia Ilion. Pero tú, ¿Porqué a tanta angustia te vuelves? ¿Porqué no trepas el deleitoso monte, 78 que es principio y razón de toda alegría?

¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que expande de elocuencia tan largo río? 81 le respondí, avergonzada la frente. ¡Oh! De los demás poetas honor y luz, válgame el largo estudio y el gran amor, 84 que me han hecho ir en pos de tu libro. Tú eres mi maestro y mi autor: tú sólo eres aquel de quien tomé 87 el bello estilo, que me ha dado honor. Mira la bestia por la que me he vuelto: socórreme de ella, famoso sabio, 90 porque hace temblar las venas y los pulsos.

Otro es el camino que te conviene, respondió al ver mis lágrimas, 93 si quieres huir de este lugar salvaje; porque esta bestia, por la que gritas, no deja a nadie pasar por el suyo, 96 sino que tanto impide, que mata: su naturaleza es tan malvada y cruel, que nunca satisface su hambrienta voluntad, 99 y tras comer tiene más hambre que antes.

Muchos son los animales con que se marida y muchos más habrá todavía, hasta que venga 102 el Lebrel, que le dará dolorosa muerte. No se alimentará de tierra ni de peltre, mas de sabiduría, de amor y de virtud 105 y su patria estará entre fieltro y fieltro. Será la salud de aquella humilde Italia, por quien murió la virgen Camila, 108 Euriale, y Turno y Niso, de sus heridas:

De ciudad en ciudad perseguirá a la loba, hasta que la vuelva a lo profundo del infierno, 111 de donde la envidia la hizo salir primero.

Ahora por tu bien pienso y entiendo, que mejor me sigas, y yo seré tu conductor, 114 y te llevaré de aquí a un lugar eterno, donde oirás desesperados aullidos, verás a los antiguos espíritus dolientes, 117 cada uno clamando la segunda muerte; después verás los otros, que en el fuego están contentos, porque unirse esperan, 120 cuando sea, a las felices gentes; a las cuales, después, si quisieras subir, un alma habrá más digna que yo para tu ascenso; 123 te dejaré con ella, cuando de ti me parta: que aquel emperador, que allá arriba reina, porque rebelde fui a su ley, 126 no quiere que a su ciudad por mi se llegue.

Impera en todas partes, y allá reina, allá está su ciudad y allá su alta sede: 129 ¡Feliz aquel a quién para su reino escoge!

Y yo a él: Poeta, te intimo por aquel Dios que no conociste, 132 de éste y de peor mal que yo me salve, que allá me lleves donde tú dijiste, así que vea la puerta de san Pedro, 135 y a aquellos tan tristes que tú dices.

Entonces se movió, y yo me pegué detrás. CANTO II


Íbase el día, y el aire oscuro, a los animales de la tierra, 3 libraba de las fatigas; y por mi parte solo yo me preparaba a sostener la guerra tan del camino y tan de la piedad, 6 que ha de referir la mente que no yerra. ¡Oh Musas! ¡Oh alto ingenio!, ayudadme ahora; ¡Oh mente que escribiste lo que vi! 9 Aquí se mostrará tu nobleza.

Comencé entonces: Poeta que me guías, considera si es fuerte mi virtud, 12 antes que al alto paso me confíes.

Tu dices que el padre de Silvio, aun corruptible, al inmortal siglo 15 pasó, y fue sensiblemente. Pero si el adversario de todo mal le fue gentil, pensando en el alto bien, 18 que salir de él debía, y qué gentes, y cuál imperio, no parecerá indigno a un hombre de intelecto: porque del alma Roma y de su imperio 21 fue elegido padre en el empíreo Cielo: A decir verdad la una y el otro fueron establecidos lugar santo 24 donde está la sede del sucesor del mayor Pedro.

En este viaje, por el que lo exaltas tanto, oyó cosas que fueron la causa 27 de su victoria y del papal manto. Viajó también el Vaso de elección, para dar firmeza a aquella fe 30 que es principio en el camino de la salvación.

Pero yo ¿Porqué he de ir? o ¿Quién lo concede? No soy Eneas, Pablo no soy: 33 que sea digno, ni yo ni nadie lo cree, porque si a tal ir me abandono temo que el viaje sea locura: 36 Sé sabio, y óyeme que yo ya no razono.

Y como aquel que desquiere lo que quería y por nueva idea el propósito descambia, 39 y así de lo comenzado se aparta entero; así me cambié yo en aquella cuesta obscura: así, pensado, se consumió la empresa 42 cuyo comenzar fue con tanta fuerza.

Si he bien oído tus palabras, repuso de aquel magnánimo la sombra, 45 tu alma está herida de bajeza: la cual muchas veces estorba al hombre tanto, que de empeñada empresa lo retorna, 48 como bestia espantada de una sombra.

A fin de que de este temor te libres te diré, porqué yo vine y lo que oí 51 en aquel punto primero cuando me dolí de ti.

Estaba yo entre aquellos en suspenso y una mujer me llamó, bendita y bella, 54 tanto de que me mandara yo la requerí. Lucían sus ojos más que la estrella: y comenzó a decirme suave y humilde, 57 con angélica voz, en su lenguaje:

¡Oh gentil alma Mantuana! cuya en el mundo aún la fama dura 60 y durará cuanto el movimiento dure, lejana: mi amigo, que no lo es de la ventura, de la desierta playa está tan impedido 63 en el camino, que vuelto se ha de miedo: y temo que no esté ya tan perdido que tarde me haya levantado a socorrerlo, 66 de acuerdo a lo que de él en el Cielo he oído. Ahora muévete, y con tu palabra ornada y con lo necesario para que él sobreviva, 69 ayúdalo pues, para que yo quede consolada.

Yo soy Beatriz, la que te manda vayas. Vengo del lugar de a donde volver deseo: 72 Amor me movió, el que me hace hablar. Cuando esté ante mi Señor, hablaré bien de ti con frecuencia.

75 Calló pues, y comencé yo entonces: Oh mujer de virtud única por la que la humana especie excede todo lo que hay en 78 aquel Cielo, cuyos menores son los círculos; Tanto me agrada tu mandato, que en obedecerlo, si ya lo hubiera, sería tardo; 81 nada ganarías con más ampliarme tu deseo. Pero dime la razón que no te cuidas de bajar aquí abajo a este centro 84 desde aquel amplio lugar, al que volver ardes.

Lo que saber tan profundamente deseas te diré brevemente, me repuso, 87 porqué no temo venir aquí adentro. Solo aquellas cosas se han de temer que detentan poder de daño a otro; 90 de las otras no, que no son temibles. Estoy hecha así por Dios, por su merced, que vuestra miseria no me alcanza, 93 ni la llama de este incendio no me asalta.

Mujer hay gentil en el Cielo, que se apiada por este entrabamiento al que te mando, 96 y tanto, que el duro juicio de allá quebranta. Es ella la que llamó a Lucía en su demanda y dijo: Tiene necesidad tu fiel 99 de ti, y yo a ti lo recomiendo. Lucia, enemiga de todo cruel movióse, y vino al lugar donde yo estaba, 102 sentada con la antigua Raquel. Dijo: Beatriz, alabanza de Dios verdadera, ¿Que no socorres a aquel que te amó tanto 105 que por ti salió de la vulgar tropa? ¿La compasión no escuchas de su llanto, no ves la muerte que combate 108 en tumultuoso río más que la mar violento?

No hubo en el mundo más veloz nadie en pro de su bien y en contra de su daño, 111 que yo, después de recibidas las palabras; aquí abajo vine desde mi bendito escalón, confiando en tu parlar honesto, 114 que a ti te honra y a quienes lo han oído.

Después de haberme razonado de esa forma volvióme los lucientes ojos lagrimando, 117 por más presto a venir forzarme: y así que vine a ti, como ella quiso, te levanté de ante de aquella fiera 120 que del bello monte el breve paso te cerraba.

¿Entonces qué? ¿Porqué te quedas todavía? ¿Porque en el corazón encierras tanta bajeza? 123 ¿Porqué el ardor te falta y la grandeza?

¿Acaso no tienes tres mujeres benditas que de ti curan en la corte del Cielo, 126 y mi palabra que tanto bien te promete?

Como la florcillas bajo el nocturno hielo doblegadas y oclusas, así que el Sol las ilumina, 129 se yerguen abiertas en sus tallos; tal fui yo, desde mi ánimo abatido y a tan buen ardor el corazón me enardeció 132 que comencé a decir como persona decidida: ¡Oh piadosa aquella que ha venido en mi socorro, y tú que veloz gentil obedeciste 135 a las veraces palabras a ti dirigidas! Me has colmado el corazón con tal deseo al viaje, con tus palabras, 138 que retornado he a mi primer propósito.

Ve adelante que ambos somos de un sólo querer, tú Conductor, tú Señor y tú Maestro: 141 Así le dije; y puesto luego él en marcha, entré por el camino duro y salvaje.